RELATOS CORTOS
A continuación os presento algunos relatos cortos que están relacionados de algún modo con «La navaja de Ockham», especialmente aquellos vinculados a algunos personajes a quienes tengo especial cariño.
Os advierto que, como no podía ser de otro modo, son un tanto sangrientos…
Espero que los disfrutéis.
LA SANGRE DE LOS PODEROSOS
En sus treinta y un años de vida hasta la fecha, Pedro Candela no era capaz de recordar otro momento en que sus manos hubiesen temblado y sudado a la vez tanto y tan incontroladamente. Por una parte no tenía ningún sentido: al fin y al cabo, no era su primera apendicitis. Desde otro punto de vista la cosa cambiaba: la apendicitis era la de Don Paco. Nada más y nada menos.
Con paso diríase que vacilante atravesó los cuatro corredores con tres escaleras que separaban el área quirúrgica del despacho de su jefe, donde acababan de darle las órdenes. El laberíntico trayecto le era de sobras conocido por la fuerza de la costumbre. Sin embargo, aunque brillaba fulgurante a la indiscreta luz solar del mediodía que atravesaba los amplios ventanales, se le antojaba harto fúnebre, oscuro y delirante, psicodélico incluso, bajo el prisma del agobiante compromiso en que lo habían sumergido. En la enrevesada jerga médica aquella jugada tenía un nombre: le habían endosado un buen marrón.
Sin conciencia ni memoria de sus pasos y con sus temerosos pensamientos tan lejanos como los de un zombi terminó por arrastrarse hasta la puerta de cristal esmerilado que definía su destino. Con un movimiento ya maquinal la abrió acercando la tarjeta magnética al sensor y entró en la zona restringida. Una fría lámpara parpadeante le dio la bienvenida mientras seleccionaba un pijama verde de entre una desordenada montaña de ropa. Entró en el vestuario, se cambió y salió sin haberse cruzado en su camino con otra alma humana. Tomando aliento se irguió cual matador ante el morlaco, se persignó, tragó saliva y cruzó la puerta del quirófano siete. ¡Maestro, va por ustedes!
* * *
Don Francisco García pesaba mucho más allá del alma mater del Hospital Autónomo de Minglanilla, tanto sensu stricto como figurado: además de ser presidente de la Fundación del centro desde tiempos inmemoriales (y Director del mismo a todos los efectos prácticos), se le estimaban más de ciento veinte kilos en canal. Desde edades que nadie recordaba en que había sido supuestamente nombrado a dedo a tal efecto ejercía su señorío con feudal derecho y mantenía a la vez sus prerrogativas a flote entre tanto vaivén político de la Comunidad Autónoma sin que una sola gota salpicase la cubierta de su impoluta goleta. Miles de vidas de pacientes y cientos de carreras profesionales habían dependido enteramente de sus antojos durante casi cuarenta años, y tanto amigos-protegidos como enemigos-perseguidos sabían mantener sus respectivos sitios frente a él bajo un perfecto código no escrito. Y al que no lo aprendía rápido más le valía abandnar aún más deprisa el castillo.
De escasa estatura y holgado perímetro a Don Paco le raleaba ya el cabello alrededor de la calva, y lucía siempre un bigotito gris recortado a la nostálgica usanza de anteriores etapas políticas. Si alguno asimilaba su perfil al impreso en las antiguas monedas de veinticinco pesetas, nadie se atrevió jamás a insinuarlo. Su porte y su grave tono de voz, pero sobre todo sus modos y las historias que de él se contaban lo hacían temido y respetado a partes desiguales. Sus detractores, siempre ocultos y extraordinariamente prudentes, lo asimilaban a ciertos legendarios y poderosos sicilianos. Incluso en tiempos se le habían llegado a atribuir, quién sabe con qué grado de veracidad, derechos de pernada dentro de su feudo.
Lucía Pérez, la secretaria que llevaba ya más de media vida a su lado, había estado más cerca que nadie de ser la esposa que Don Paco nunca quiso tener. Cuando joven y pizpireta la había hecho su amante, y en calidad de tal fue colocada en su despacho. Su eficiencia y dedicación la mantuvieron allí cuando al cabo de pocos meses Don Paco decidió trasladar sus atenciones a terrenos menos labrados, puesto que para una persona en su posición nunca faltaban jovencitas ambiciosas tan cortas de escrúpulos como de falda. A pesar de ello Lucía nunca perdió la esperanza, pues le amaba sinceramente (aunque le temía casi lo mismo), y sufrió durante muchos años el interminable desfile de advenedizas por delante de su propio despacho. Incluso le dio una hija, Yolanda, a la que Don Paco por supuesto nunca reconoció, y que a la sazón contaba veinte primaveras ya. Eso sí, él le había proporcionado un trabajo en el hospital hacía ya varios meses, de administrativa en uno de los almacenes, por supuesto sin necesidad de someterla a ninguna tediosa selección de personal.
* * *
Don Paco había empezado a trabajar temprano, como era su costumbre, y antes de las ocho Lucía le entró su habitual desayuno, preparado con la maternal devoción que siempre le dispensaba: un cappuccino, dos sobaos pasiegos y un gran vaso de zumo de naranja. Él lo engulló en pocos minutos, sin levantar la vista del periódico ni pronunciar la mínima palabra de agradecimiento. Él era así.
Desde las ocho y media hasta las once asistió a cinco reuniones, a cada cual más tensa, sobre los problemas de financiación del centro que se iban volviendo cada vez más acuciantes. Las discusiones con los sindicatos llegaron a ser agrias, aunque, como siempre, él impuso su criterio. No obstante, el ardor de su estómago también se le iba imponiendo a él. A las doce el ardor se convirtió en dolor. A las doce y media el dolor le traspasaba como una lanzada y apenas le dejaba respirar. Doblado sobre sí mismo alcanzó el teléfono para llamar al área de Urgencias, y en menos de cinco minutos le rodeaban don Camilo Safont, Jefe del Servicio de Urgencias, don Julián Beneíto, Jefe de Medicina Interna, don Álvaro Torrent, Jefe de Digestivo, y don Salvador Capdepera, Jefe de Cirugía, todos ellos aparentemente solícitos y obsequiosos pero incapaces de ofrecer soluciones. Intuyendo la posible gravedad de la situación se espiaban disimulada y mutuamente, tanteando las fuerzas propias y ajenas en la silenciosa carrera por ascender en el escalafón feudal. Aunque no se trataba de nada nuevo, puesto que mantenían ferozmente a diario esta disputa en la sombra, esta vez parecía estar en juego el primer premio. Finalmente llamaron a un celador, y en una camilla lo llevaron a toda prisa a Radiología, lo metieron en el TAC y enseguida comprobaron la perforación del estómago. En menos de un cuarto de hora el cortejo de los serviles buitres lo escoltó hasta el quirófano. Y en cuestión de pocos minutos más asomó Pedro Candela sus temblorosas y sudorosas manos por la puerta de dicho quirófano, ofuscado de tal modo que ni tan siquiera le llamó la atención que su propio jefe hubiese llegado desde el despacho al quirófano antes que él.
Los jefes de servicio, actuando cual rastreros cortesanos, arroparon y tranquilizaron a Don Paco, mientras sus mentes en realidad preparaban los movimientos de sus respectivos trebejos en el tablero hospitalario. Le dijeron que iba a ser una intervención simple sin más, y que en un par de días volvería a llevar las riendas del Hospital en sus firmes manos desde el trono de su despacho. Don Emilio Ferrando, Jefe de Anestesia, preparó su alquimia y en pocos segundos Don Paco estaba dormido. Y en pocos segundos más todos los figurantes habían abandonado el escenario, cada cual a la caza de sus respectivas oportunidades, buscando nuevos apoyos o reforzando viejas alianzas.
Salvador Capdepera, jefe de Pedro, le había “vendido” la intervención como una simple apendicitis. En ese momento se le acercó y le explicó la verdad:
– No es una apendicitis. Parece una úlcera perforada. No te preocupes, seguro que lo haces bien. O más te vale, se trata de Don Paco.
Pedro se quedó mirándolo, incrédulo. No le podían hacer eso. Su jefe continuó.
– Ahora te envío un ayudante – y se largó.
Mientras entraba a preparar la intervención con las enfermeras llegó a quirófano también una anestesista a quien parecía que el hospital hubiese olvidado jubilar. Encorvada bajo el peso de indefinible número de años y con más arrugas que las sábanas del camastro de las guardias, caminaba renqueante arrastrando su tos asmática y ajustando sus gruesas lentes para poder enfocar algo con la vista. El jefe de Anestesia también había sabido arreglárselo bien.
“Cuando el barco se hunde, las ratas huyen”.
Pidió a sus enfermeras que le preparasen todo el material para intervenir mediante laparoscopia. Pensaba que era lo mejor, aunque el enorme abdomen de Don Paco presagiaba grandes problemas. Para rematar los buenos augurios, apareció el ayudante que le había designado su jefe: el residente recién llegado al hospital. El pobre aún no conocía ni siquiera el nombre del instrumental.
Sin pararse a decidir si temía más a su jefe o a Don Paco, pero maldiciendo interiormente a ambos, empezó la intervención. Nada de aquello era fácil. Su ayudante no se enteraba, hasta el extremo de que le entorpecía más que otra cosa. “¡Ayudante viene de ayudar, coño!”, tuvo ganas de gritarle en un momento dado, pero se contuvo porque sabía que solo empeoraría las cosas. De fondo los ronquidos de la anestesista momificada que parecía haber estado libando de su propia medicina daban el contrapunto tétrico a la situación. Lo único afortunado parecían ser las enfermeras, gente competente que intentaba ayudar al máximo.
Sin embargo, Don Paco cada vez sangraba más.
Pedro sudaba y resoplaba, pero aquello parecía no tener fin. Aquel gordo cabrón sangraba como un cerdo, y Pedro no le encontraba explicación. En un momento determinado, ya muy cerca de la cara posterior del lado derecho del estómago – la llamada “curvatura menor” -, hizo un desesperado gesto para intentar encontrar qué era lo que estaba sangrando y no le dejaba ver. En ese instante un verdadero tsunami de sangre inundó el campo de visión de la cámara de video, y ya no pudo ver nada más.
Reuniendo la sangre fría que pudo, sacó a toda prisa el instrumental de laparoscopia, agarró el bisturí y de un solo gesto abrió la enorme panza como un gigantesco melón maduro. Mientras se debatía contra lo imposible, gritó:
– ¡Que alguien busque a Ernesto Mejía, por favor! ¡Rápido!
Una enfermera salió corriendo del quirófano. Pedro solo alcanzaba a apretar todo lo que podía para intentar contener la hemorragia. Su inexperimentado ayudante estaba totalmente colapsado: parecía a punto de desmayarse.
A los pocos minutos – que él vivió como días enteros – se abrió la puerta y entró por ella uno de los personajes más pintorescos del Hospital: Ernesto Mejía, el cirujano vascular.
Más cerca de los sesenta que de los cincuenta, alto, enjuto, de tez cervantina y labios de color Cohiba, con la mirada cansada del lobo solitario y caminar pesado, el Dr. Mejía no era la imagen de la desidia, sino del desencanto. Procuraba mantenerse al margen de todo y de todos – excepto de sus pacientes, los únicos que parecían despertar aún su hastiado interés -, y en aquel nido de víboras hospitalarias era de los pocos que no participaban de las intrigas y politiqueos de pasillo. Con su eterno cigarro semiapagado colgando del labio seguía recorriendo los pasillos de aquella casa igual que hacía treinta años, dejando bien a las claras que las normas no iban con él. Hubieran dicho que era un paria, aunque él prefería el anglicismo de outsider.
Y sin embargo, era el cirujano con más experiencia y con más arrestos de todo el centro. Y jamás había dejado colgado a un compañero en apuros que se hubiese atrevido a llamarlo.
Echó la colilla al desagüe del lavamanos antes de asomar la cabeza por la puerta del quirófano. En una fracción de segundo su mirada cansada se animó en un intenso brillo inteligente y solamente farfulló:
– ¡Un momento!
Al cabo de un par de minutos entró ya con las manos húmedas en alto, se vistió y enfundó los guantes a toda prisa, apartó al joven ayudante sin contemplaciones y se puso frente a Pedro, que soltó un suspiro de alivio.
– ¿Qué ha pasado?
– Se ha puesto a sangrar mucho, y cuando estaba cerca del lado derecho del estómago creo que me he cargado la aorta.
– ¡Hala, no será para tanto! Vamos a ver.
Ernesto le apartó las manos para ver mejor y hundió sus brazos hasta el codo en el abdomen del director. Un enorme chorro de sangre roja brillante les empapó cara y mascarilla a ambos. Pedro se puso muy nervioso. El veterano, con los ojos cerrados y la cara chorreando sangre ajena, le pidió amable y pausadamente a la enfermera que le secara para poder ver, mientras comprimía con sus manos y contenía la hemorragia.
– ¿Me puedes pasar el clamp de aorta, por favor? – siguió sin inmutarse. Pedro, con la cara ya seca también, se esforzaba por separarle para que pudiera ver. La enfermera instrumentista le alcanzó una larga pinza especial para poder cerrar la principal arteria del cuerpo, que Ernesto colocó con habilidad y sin aspavientos, y la brutal hemorragia se contuvo un tanto.
Al poco vieron el problema. Un pequeño orificio en la cara anterior de la aorta que Ernesto cerró en un par de minutos y con un par… de puntos de sutura. Sin embargo, toda la zona continuó con un sangrado en sábana, no tan espectacular pero sí incesante, de todas partes a la vez.
– Algo no está bien aquí – murmuró Ernesto. Pedro no podía estar más de acuerdo -. Esto no coagula. ¿Le habéis puesto heparina? ¿Toma Sintrom o algo de eso?
La anciana anestesista contestó con un ronquido sensacional.
– ¡Mercedes! ¡¡Mercedes, coño!! – gritó el cirujano. La fea durmiente por poco no se cayó de la silla.
– ¿Eh? ¿Eh? – balbuceó desconcertada.
– Sácale sangre y envíala al laboratorio, ¡corre! ¡Éste no coagula!
– ¿Qué? ¿Qué Don Paco no coagula?
Ernesto Mejía se quedó patidifuso.
– ¿Éste es Don Paco? – le preguntó a Pedro, que respondió con un asentimiento de cabeza. Ernesto lo miró muy fijamente y asintió a su vez.
– Vaya marrón, chaval.
Retiró el clamp de la aorta, rellenó toda la cavidad abdominal con compresas, y se dispusieron los dos a apretar para intentar detener el sangrado. La vieja urraca demostró una magnífica potencia de voz al telefonear al Laboratorio, exigiendo el resultado de la analítica para anteayer y varias bolsas de sangre.
– Oye, chaval, ¿esto sangraba todo el rato así?
Pedro no se dio por ofendido y simplemente contestó.
– Sí, desde el principio.
– Desde el principio, ¿eh…? – murmuró Mejía, abstraído. Luego los ojos le volvieron a brillar.
– Mercedes, sácale un par de tubos más de sangre, que a lo mejor nos hacen falta luego. Ponle una sonda en el estómago y aspírale todo lo que puedas y guárdalo también. ¿Qué medicación le habéis puesto?
La anciana le miraba con cara de pez. La enfermera que en realidad se estaba haciendo cargo de la anestesia le contestó:
– Lo de siempre, don Ernesto.
– Vale. Saca con cuidado de la basura esos frascos vacíos de “lo de siempre” y me los guardas, por favor.
Volvieron a mirar. Aquello seguía sangrando, poco a poco pero sin pausa.
El teléfono del quirófano sonó. La tos perruna de Mercedes respondió.
– Sí, sí, ¿qué? Vale. ¡Subidme la sangre, rápido! – y colgó.
– Ernesto, dicen que no coagula.
Ernesto levantó las cejas incrédulo.
– ¡Nos ha jodido mayo con las flores! ¡Eso ya lo sé yo, cojones, lo llevamos viendo aquí media hora! ¿Por qué no coagula?
– No lo saben.
– Vale. Prepara protamina. Cuarenta miligramos, para empezar – la protamina se empleaba como antídoto para frenar los anticoagulantes.
El joven ayudante empezó a balancearse, muy pálido.
– Oye, tú, ¿qué te pasa? ¿Te estás mareando? ¡Mierda! ¡Sal al pasillo y túmbate, anda, no te rompas la crisma contra el suelo!
La enfermera circulante acompañó al bisoño fuera del quirófano. Ernesto se volvió de nuevo hacia la cabecera.
– Hala, empieza a pasarla despacito…
– ¿El qué? – preguntó la inefable anestesista.
– ¡Leche, la protamina que te he pedido antes!
– Ya la he puesto.
– ¿Qué ya la has…? Pero Mercedes, cojones, ¡que la protamina hay que ponerla poco a poco! ¡Que si no, hacen unas bajadas de tensión del copón!
– ¡Huy! Haberlo dicho.
Ernesto Mejía hubiese querido matarla allí mismo. Pedro Candela quería estar al otro extremo de la galaxia. Desde hacía mucho rato.
Volvieron a sacar las compresas y volvieron a mirar. No parecía que se redujese mucho el sangrado. De hecho, la reparación de unos minutos antes volvía a sangrar; cada vez más. La aorta se movía con brusquedad, con un latido potente. Eso no tenía ningún sentido.
Miró de reojo el monitor en el momento en que empezaba a pitar. La tensión arterial se había disparado por encima de doscientos.
– Mercedes, ¿qué estás haciendo?
– Nada.
– ¿No le has puesto nada?
– No, sólo la protamina. ¿Ves como no le baja la tensión?
– No, bajarle no le baja, está subiendo una barbaridad. ¡Frénala, corre!
Era pedirle peras al olmo. La lentitud con que reaccionaba la vieja arpía resultaba exasperante. Y eso que su enfermera la ayudaba todo lo que podía.
Ernesto seguía mosca.
– Déjame ver el vial de la protamina que le habéis puesto.
La enfermera se lo mostró. Parecía correcto. Pero aquello no tenía ninguna lógica.
– Guarda también ese frasco con lo que le queda dentro. ¿De dónde lo has cogido?
– De la nevera del almacén.
En ese momento otro chorro volvió a salir en vertical desde la zona que había reparado unos minutos antes. El cirujano vascular pidió nuevamente el clamp y lo volvió a colocar, cerrando la aorta, que se balanceaba cada vez más bruscamente. Los pitidos del monitor aumentaron de volumen y frecuencia. Pedro exclamó:
– ¡La tensión ya está en doscientos cincuenta!
Ernesto miró con furia a la anestesista, que repuso:
– ¡A mi no me mires así! ¡Ya estoy metiéndole todo lo que puedo, y no le baja!
– ¡Si sigue así va a hacer un infarto! ¡Date prisa, que el cabronazo nos revienta aquí mismo!
El monitor comenzó un repiqueteo estridente mientras ante los anonadados ojos de todos la cifra de la tensión subía por encima de 300 y luego el número desaparecía, siendo sustituido por unas líneas horizontales de error de lectura. Pocos segundos después se desataron los siete infiernos.
El monitor del electrocardiograma empezó a dibujar las temidas señales del infarto de miocardio, al tiempo que el clamp se desenganchaba y saltaba por los aires para aterrizar en una esquina del quirófano. La aorta reventó por completo, enviando un poderoso chorro de sangre que empapó las lámparas colgantes, las caras de los dos cirujanos una vez más y hasta la pared del fondo de suelo a techo. Ernesto y Pedro se abalanzaron a ciegas para comprimir a la vez, y en ese momento, y pese a la anestesia, Don Paco hizo una única convulsión. En un par de minutos, y a pesar de todos los intentos y maniobras de resucitación, el trazo del electrocardiograma se volvió prácticamente plano, y el cuerpo de Don Paco comenzó su proceso de enfriamiento.
* * *
Sentados en la antesala del quirófano después de haberse lavado bien la cara, ambos cirujanos, el joven y el viejo, se miraban con la misma pregunta rondando sus mentes: “¿Qué ha pasado aquí?”. Entretanto, la noticia del fallecimiento del cacique se extendía como una llamarada por todo el Hospital. Apenas más de las dos, semejantes nuevas sacudieron a todo el mundo con tiempo suficiente antes de marcharse a casa.
Ernesto se levantó y se estiró. Sacó un paquete de tabaco del bolsillo e ignorando las severas multas que le podrían imponer por fumar en un centro sanitario se encendió un cigarro. A continuación se dirigió al teléfono que había en el pasillo, descolgó y marcó el número del laboratorio. Pedro le escuchó preguntar por un tal Raúl. No le sonaba.
– Raúl, soy Mejía. Escucha. Te voy a enviar unos frascos usados de medicación. Necesito que averigües lo que había en realidad dentro de los viales, con los restos que queden. Ya. Ya lo sé, pero tú eres un hacha con el HPLC. Y si no, puedes enviarlo al laboratorio de Pepe. Vale. Vale. Sí, es muy importante y muy urgente. Sí, mejor no preguntes. ¡Ah, espera! También te van a llevar unos tubos de sangre y una bolsa con aspirado gástrico. Necesitamos buscar medicación o tóxicos. Vale. Vale, te debo otra. Un abrazo – y colgó.
Pedro lo miró extrañado. El cirujano vascular ni se inmutó. Siguió fumando y descolgó de nuevo el teléfono.
– Manrique, soy Mejía. Escucha. Te bajarán a Don Paco para la autopsia. Pero eso no es lo importante. Ya he enviado al laboratorio los tubos y los viales de la medicación. Luego te explico. Pero tienes que llamar a la fiscalía, porque a éste se lo han cargado. No, no, ahora bajo, nos tomamos un café y te lo cuento, pero tú ves llamándolos y que vaya viniendo la Policía Judicial.
Pedro se iba alarmando por momentos. Ernesto colgó el auricular y se dirigió a él.
– No te vayas del hospital aún, muchacho. Hay que resolver pronto este marrón, o te colgarán a ti el muerto. Nunca mejor dicho.
* * *
El inspector Gabriel Marías se presentó en apenas tres cuartos de hora, muy deprisa teniendo en cuenta que venía desde Valencia. Nadie preguntó por qué no había venido la policía de Cuenca, todo el mundo estaba bastante inquieto. Habló en primer lugar con Manrique López, el patólogo que lo había llamado, y con Ernesto Mejía, que le relató la historia. A continuación entrevistó a un visiblemente nervioso Pedro Candela. Con germana eficiencia y una pequeña libretita fue entrevistando una a una a todas las personas que habían tenido contacto con el fallecido esa mañana, desde Lucía, su secretaria, hasta las enfermeras del quirófano. Todo el mundo parecía tener el máximo interés en pasar página y marcharse a casa. Es decir, todo el mundo excepto Ernesto Mejía, que para no variar prefería la verdad.
Enviaron también a un médico forense, a quien Manrique ayudó con la autopsia, y mandaron las muestras pertinentes al Instituto Nacional de Toxicología. Eso tomaría su tiempo, pero antes de que hubiesen terminado ya sonaba el móvil del doctor Mejía.
– ¡Dime Raúl! ¿Tienes algo?
– Sí, por ahora te puedo decir que esa sangre no coagula ni a la de tres, y por las alteraciones de la analítica diría que lleva una barbaridad de aspirina y también de heparina. Para poder medirlo necesitaré unas horas.
– Vale, gracias Raúl – y colgó. Se quedó mirando al policía.
– Inspector Marías, parece que de nuestro laboratorio ya tienen la sospecha de que Don Paco llevara una sobredosis de aspirina y de heparina, por eso no había manera de parar el sangrado. Y eso no se lo habría puesto él mismo.
Gabriel lo miró entrecerrando los ojos.
– ¿Por qué dice “puesto”, y no “tomado”?
Ernesto sonrió.
– Tiene razón inspector. La aspirina se traga, pero la heparina hay que inyectarla.
– ¿Quiere decir que se tragó mucha cantidad de aspirina pero que alguien le inyectó…? – el cirujano vascular le interrumpió a mitad de pregunta golpeándose la frente con una mano.
– ¡Coño, claro! ¡Por eso hizo una úlcera perforada!
Gabriel ya había sacado su libretita.
– Según Lucía Pérez, la secretaria, esta mañana había desayunado un cappuccino, dos sobaos pasiegos y un zumo de naranja – cerró la libretita con un golpe.
– ¡Ahí lo tiene! Seguro que es eso. Una aspirina efervescente no se notaría demasiado en un zumo de naranja, que ya es bastante ácido. Y varias tampoco. Deben habérselo colado ahí.
Ambos hombres se habían puesto ya en movimiento, pero a esas horas todo el mundo se había marchado ya a casa. Sólo quedaban en el hospital el personal de tardes y el de guardia, que no habían tenido que ver en el asunto. Con perseverancia lograron localizar la bolsa de basura del despacho del director, pero no contenía vaso alguno.
– Mañana tendremos más, inspector. Nuestro laboratorio seguirá trabajando en ello toda la tarde y la noche.
– Hasta mañana, pues.
* * *
El día siguiente amaneció ventoso y con grandes nubarrones, igual que los ánimos del personal del hospital. El inspector Marías se personó a las ocho y cuarto en la cafetería e interceptó al doctor Mejía.
– Buenos días, inspector. Tengo cosas para usted.
– Me está facilitando mucho el trabajo, doctor. ¿Tiene algún interés personal en esto?
Ernesto lo miró de hito en hito por encima de su taza de café.
– Por supuesto. No consiento que me tomen el pelo.
Gabriel no lo entendió demasiado bien pero prefirió no insistir.
– ¿Qué es lo que dice que tiene?
– Varios resultados interesantes del laboratorio. En primer lugar, han encontrado efectivamente grandes concentraciones de aspirina y heparina en sangre, lo cual confirma la sospecha. En segundo lugar, y mucho más interesante, en el vial del anestésico se ha encontrado también una gran dosis de heparina, y en el vial de la protamina han encontrado asimismo gran cantidad de efedrina. Y no deberían estar ahí.
– ¿Y eso qué quiere decir? – le preguntó el inspector, un poco molesto.
Ernesto se sacó un puñado de viales sin abrir del bolsillo de la bata y se los tendió sin inmutarse.
– Éstos son los del anestésico que estaban en el quirófano, y éstos los de la protamina que estaban en la nevera del almacén. Para que pueda enviarlos a comprobar si llevan lo que dice la etiqueta que deberían llevar, o si también les han añadido “regalito”. Yo diría que sí, porque si se fija bien, hay un minúsculo agujerito en la tapa de plástico, y pienso que por ahí lo han inyectado dentro del vial.
– Le vuelvo a preguntar: ¿qué quiere decir lo de los medicamentos que me ha dicho antes?
– Bueno, la heparina ya sabe que es un anticoagulante, lo comentamos ayer. Por eso sangraba tanto. Parece que alguien la metió dentro del frasco del anestésico. Esa misma persona debió prever la posibilidad de que alguien se diera cuenta e intentara contrarrestarla con protamina, que es su antídoto, así que debió mezclar efedrina en la protamina. Es una idea muy canalla, porque la efedrina provoca que suba la tensión arterial de una forma muy potente, que es justo lo que no nos esperábamos que pudiera ocurrir. Por cierto, ¿ya tiene el resultado de la autopsia?
– Sí, y concuerda con lo que me dice. Parece que además de la hemorragia externa, el forense dice que hizo un infarto de miocardio y una extensa hemorragia cerebral, que le atribuye a la brutal subida de tensión.
– Ahí lo tiene.
Gabriel se frotó la barbilla, pensativo.
– ¿Quién tiene acceso a esos viales de medicación?
El cirujano se encogió de hombros.
– Mucha gente. Cualquiera que esté por el área quirúrgica o el almacén.
Al policía se le ocurrió algo. Sacó su libretita y pasó unas cuantas hojas.
– Aquí está. Yolanda Pérez, la encargada del almacén. Es la hija de la secretaria del fallecido.
– Sí, es verdad. ¿Cree usted…?
El inspector Marías se levantó.
– Voy a hablar otra vez con la secretaria.
– Le acompaño.
La pareja se presentó en el despacho de dirección. Gabriel se encaró con Lucía.
– Buenos días. Necesito volver a hablar con usted.
La secretaria dejó los papeles que tenía entre manos y lo miró.
– Usted dirá.
– Por favor, llame a su hija al almacén de quirófano y dígale que la esperamos aquí.
– ¿A Yolanda?
– Sí.
– ¿Para qué?
– Usted llámela, ¿de acuerdo?
Al cabo de unos minutos una chica morena, de unos veinte años y bastante atractiva entraba en el despacho.
– Siéntese, Yolanda, necesito hablar con las dos.
Ernesto Mejía, con gesto impasible, se apoyó en la esquina opuesta del despacho, junto a la ventana abierta y se encendió un caliqueño no demasiado deforme. Gabriel, empleando toda su fuerza de voluntad para resistirse al mismo vicio, se concentró pasando de nuevo las páginas de su libretita.
– Según me dijo ayer, Lucía, fue usted misma la que se encargó de preparar el desayuno de don Francisco García, ¿no es así?
– Sí, así es.
– ¿Lo hace habitualmente?
Lucía asintió con la cabeza.
– Sí, todos los días, ¿por qué?
El inspector ignoró la pregunta y continuó.
– ¿Fue usted quien le puso toda esa cantidad de aspirina en el zumo de naranja? – le espetó a bocajarro. Lucía enmudeció. Ambas mujeres palidecieron.
– ¿Qué… qué quiere decir? Yo… yo no… ¡Yo le preparé el desayuno como todos los días, nada más!
Gabriel la miró fijamente.
– No necesito que me grite, la escucho bastante bien. Otra pregunta: ¿es cierto que usted tuvo una relación sentimental con don Francisco hace años?
Lucía estaba más que confusa, visiblemente alterada.
– Yo… yo… ¿Y eso a usted qué le importa?
– Verá, me importa mucho por cuanto que estoy investigando un asesinato, ¿comprende?
– Un… un…
Ernesto Mejía se sacó el puro de la boca e interrumpió.
– Hemos encontrado una gran cantidad de aspirina en el cuerpo de Don Paco, que fue lo que le provocó la perforación de estómago. Esa cantidad de aspirina no se la toma nadie por sí mismo, a no ser que quiera suicidarse, claro.
Gabriel le lanzó una mirada al veterano cirujano vascular, molesto. A continuación volvió a dirigirse a Lucía.
– Quizá usted, como amante despechada, fuese quien suministró a don Francisco la aspirina enmascarada en el vaso de zumo de naranja. Mucha gente coincide en que el fallecido tenía por costumbre cambiar de amante con frecuencia y las hacía desfilar por delante de usted sin el más mínimo disimulo. Tal vez se cansó usted de soportar la humillación…
– ¡Déjela en paz! – gritó la joven. El policía volvió hacia ella su mirada.
– Tiene razón, Yolanda, a usted aún no le habíamos prestado atención. Usted trabaja en el almacén de quirófanos, donde se guarda todo el material y la medicación, ¿no es cierto?
– Eeeehhhh, sí – contestó cautelosamente la muchacha.
– O sea, que tiene a su alcance todos los frascos de medicación, ¿verdad?
– Sí, claro. ¿Pero qué tiene que ver esto…? – Yolanda estaba francamente alarmada.
– O sea, que pudo usted manipular los viales de la medicación que fue utilizada con don Francisco, introduciendo en ellos otros fármacos que le iban a provocar los efectos indeseados que sufrió y que le llevaron a la muerte, ¿verdad?
– O…Oiga, a mi no…, a mi no me diga…
El doctor Mejía, ignorando deliberadamente el procedimiento policial, se encaró esta vez con la hija.
– Mira, bombón, todos los frascos de medicación, tanto los que se han usado como los que no, se han enviado a analizar y se ha visto que se han manipulado. Lo que tú no podías saber es que cada vial de medicación tiene un código único que permite su trazabilidad, así que sabemos exactamente por qué manos ha pasado cada frasco hasta llegar a su destino, y resulta que todos los que están manipulados han pasado solamente por las tuyas. Nadie más los ha tocado todos. Así que ya puedes empezar a cantar, nena.
El inspector Marías arqueó una ceja mientras lanzaba una mirada entre interrogadora y sorprendida al cirujano. Éste le respondió con un disimulado guiño que ninguna de las dos mujeres pudo sorprender.
La veterana secretaria fue quien respondió, sollozando.
– ¡Déjenlo ya, es verdad, fui yo! ¡Yo envenené a don Paco, pero dejen a mi hija en paz!
– ¿Admite que fue usted? – interrogó rápido el policía – Dígame, ¿cómo lo hizo?
– Tenía usted razón, puse toda esa aspirina en el zumo de naranja. ¡Quería matarlo, no soportaba más que me ignorase de esa manera y me pasase al resto de sus amantes por delante de las narices!
– Ya, claro. Y también manipuló usted los viales de medicación que están guardados en el almacén, casi al otro extremo del hospital, pero solamente los que corresponden al quirófano donde fue operado el director y ninguno de los que se distribuyeron a los otros quirófanos, ¿verdad? Y yo voy y me lo trago. Comprendo que es natural que quiera proteger a su hija, pero me temo que voy a tener que arrestarlas a ambas.
Ernesto volvió a meter baza.
– La verdad es que madre e hija forman un buen equipo, ¿No es cierto? Muy bien coordinado…
Inesperadamente, la medrosa joven estalló.
– ¡Ése cabronazo se lo merecía! ¡Hacía mucho que alguien le tendría que haber puesto las cosas en su sitio!
– ¡Cariño, no…! – intentó interrumpir Lucía.
– ¡Cállate, mamá! Bastante he tenido que aguantar toda la vida por culpa de lo que te hizo ese canalla. ¡Sí, está muerto, y eso no es ni más ni menos lo que merecía! ¡Menudo cabronazo! ¡Usted no sabe nada!
Gabriel se la quedó mirando y la invitó a continuar.
– Bien, pues dígamelo usted. ¿Por qué cree que eso era lo que merecía?
Yolanda pateó el suelo en un gesto de rabia y frustración, ante la mirada angustiada de su madre y lo vomitó:
-¡Pues no tuvo los santos cojones de no darme el trabajo hasta que no me abrí de piernas! – gritó en medio de su acceso de furia – Pero eso no es todo. ¡Lo que no le perdono al cerdo ése es que va y me coloca como una simple secretaria de mierda! ¿Como puede ponerme de menos que de Jefa de Compras siendo su hija, joder?
Gabriel Marías y Ernesto Mejía se miraron, el primero estupefacto, el segundo impertérrito. Sin alterar su adusta expresión aplastó su puro contra el alféizar de la ventana.
* * *
Detenidas ambas mujeres y enviadas ya camino de las dependencias de la policía, los dos personajes salieron del hospital. Mientras Gabriel encendía su ansiado pitillo aventuró una última pregunta a su inesperado ayudante:
– Doctor Mejía, ¿no le parece a usted que esta cría de veinte años, por muy mala sangre que haga, es imposible que tenga los conocimientos necesarios para escoger los medicamentos que ha de mezclar para matar a alguien?
El cirujano vascular lo escrutó detenidamente mientras su cansada mirada volvía a animarse.
– Es usted un tipo listo, ¿eh? No ha tardado mucho en llegar a ello.
Gabriel no replicó. Supo esperar. Ernesto sacó lentamente del bolsillo interior de su chaqueta un largo puro que encendió con parsimonia sin dejar de observarlo. Esta vez no era un caliqueño, sino un enorme Espléndido de Cohiba. Una vez deleitado con su humo apostilló:
– A esta cría la ha asesorado alguien que sabe, eso seguro. Pero no me interesa la política médica, así que no puedo ayudarle en esto. Sin embargo, tal vez le sirva preguntarse de entre todos estos intrigantes de pasillo quién esperaba llevarse la mejor tajada después de retirar a Don Paco de la escena.
Con un par de palmaditas en el hombro del inspector se despidió, alejándose pasillo abajo mientras aspiraba con fruición el perfume de su habano.
Agosto 2013
Publicado en España Negra, Ed. Rey Lear, 2013
LA LEYENDA DEL TUERTO
Dicen que la información es poder. Cientos de idiotas repiten lo mismo cada día sin saber el verdadero peso de esas palabras. Papagayos. ¡Qué sabrán ellos, sentaditos tras sus escritorios, viviendo en urnas de cristal! Chupatintas, negociantes, traficantes de influencias y toda clase de cantamañanas.
Escucha, Maurice, porque pocas cosas son más ciertas que eso. Por supuesto que la información es poder. Aunque depende de la clase de información, naturalmente. Y, por supuesto, se trata de otra clase de poder, completamente diferente al que esos petimetres imaginan.
* * *
Aunque en el fondo ésa había sido mi esperanza, en aquel momento no podía ver claro que por fin había echado raíces en alguna parte. Bueno, no exactamente en cualquier parte, sino en Valencia, esa luminosa y colorida ciudad bañada por el Mediterráneo.
El peregrinaje me había llevado de acá para allá, más buscando que huyendo, la verdad, pero en aquel momento me pareció que ya llevaba visto demasiado mundo para mis veinticinco años de edad. Curioso, ¿verdad? Tan quemado y tan ingenuo. Sea como fuere no me resultó difícil conseguir que alguien me localizase un sitio a mi medida: una ruinosa taberna en un barrio mucho más ruinoso todavía. En aquellos tiempos.
Nazaret es uno de los llamados “poblados marítimos” de Valencia. Acodado contra la ribera sur del Turia y del puerto, cerca del mar pero no dándose a él, daba hogar (por llamarlo de alguna manera) a los más humildes trabajadores portuarios y pesqueros de por allí. Claro que en los últimos años se había ido infestando de canallas de baja estofa, delincuentes de alquiler y navaja fácil y, a la postre, a finales de los 70 y principios de los 80, fue asediado también por la oleada de yonquis que la heroína iba legando al país. Para cuando yo llegué, aquello era uno de los agujeros más infectos de la zona. Los que no habéis vivido aquella época y sólo lo conocéis bajo su forma actual nunca entenderéis de lo que hablo.
En el centro de aquella guarida de desesperanza y bandolerismo del siglo veinte, uno de mis contactos me encontró un local en la planta baja de un edificio que en algún momento, hace mucho, debió de ser blanco y humilde. Ahora rezumaba el mismo abandono que el resto de Nazaret, con la fachada color suburbio, leprosa de desconchados.
Llamar taberna a aquello, que era poco más que un solar, era el colmo del optimismo en el epicentro de lo más marginal de la capital valenciana.
O sea, que era perfecto.
Yo ya llevaba demasiado rodado. Y desde muy joven. Había comenzado en aquella época, más incierta que indecisa, de un país que huía de las primaveras del 68 mientras contenía su aliento a la espera de que su máximo dignatario exhalara el último. Contrabando de montaña y mochila desde Andorra; menudeo a la sombra de las grúas del puerto viejo de Barcelona y recados para hampones de tres al cuarto a lo largo de las Ramblas y lo ancho del Barrio del Raval; ratero de poca monta a la puerta de las Ventas en Madrid y tráfico de todo lo imaginable entre Carabanchel y el Retiro; guardaespaldas de prestado del mangante a quien media Sevilla conocía simplemente por “El Señorito”. Mi recorrido había sido largo y precoz, como digo, y llegado un momento deseé no haber visto tanto. Así las cosas, vine a Valencia a establecerme, deseando fervientemente ver mucho menos a partir de entonces.
Todavía no había aprendido que el Destino es un cruel cachondo. Y que hay que tener mucho cuidado con lo que uno desea, puesto que corre el riesgo de que acabe convirtiéndose en realidad…, más o menos.
Pero no adelantemos acontecimientos.
Estábamos en mi llegada a la capital de la Tierra de las Flores, de la Luz y del Amor, como dice la canción. Por supuesto, a esas alturas yo ya era irremediablemente fauna urbana: cuando uno se ha criado en los bajos fondos de las grandes ciudades como un parásito social, el estigma lo acompaña siempre, y ya nunca se encontrará a gusto en un pueblo pequeño o en el campo. La ciudad permite cierto anonimato, Maurice, muy interesante, pero paradójicamente también la posibilidad de forjarse una cierta reputación en determinados círculos, mucho más conveniente todavía. Mis días de largo devaneo por los trapos más sucios de las principales capitales españolas habían resultado la mejor de las universidades, y todavía más importante aún: me dieron la oportunidad de iniciar una sólida reputación y una incipiente red de contactos. Éstos fueron los que me proporcionaron el cubil adecuado para cambiar de ocupación.
El local estaba prácticamente arruinado pero hasta eso me venía bien. Como alguien me debía un buen favor debieron de convencer a algún infortunado para que también me cediese el bajo colindante que daba a la estrecha calle a espaldas del futuro bar. En realidad me costó barato, aunque más de uno diría que acabó saliéndome por un ojo de la cara, como se verá.
Una rápida reforma me permitió dejar aquella cuadra algo más presentable. Al fin y al cabo tampoco iba a montar un bar de primera en un sitio como aquel, ¿no? Además, en un sitio demasiado elegante no me habría sentido muy a gusto. Todo lo que esperaba eran parroquianos ansiosos de palometa y barreja en las mañanas de invierno, y cerveza barata y en cantidad suficiente para pasar las tardes. Aparte de las olivas o el plato de bravas, no pensaba sofisticarme más allá de unos calamares o el bocata de lomo con pimientos. No necesitaba el Ritz para eso.
Así las cosas, la Estrella de Mar abrió sus puertas casi con la década del punk y la heroína. En algún lugar lejano, en el fondo del país, un elegante caballero – el primer presidente de una dudosa democracia que según intentaban hacer creer gobernaba la nación – estaba a punto de dimitir, acosado por las dentelladas de los Perros (¿rojos?) de la Guerra. En las calles, en la cruda realidad, seguían mandando los de siempre.
* * *
Los clientes no tardaron en acogerse a la confortable atmósfera que les ofrecía. Humildes marineros, pescadores de manos callosas y caras agotadas, contrabandistas del puerto y truhanes sin oficio claro comenzaron a mezclarse como asidua feligresía, unos pocos haraganes por las mañanas y toda una cohorte arracimándose ruidosamente sobre las toscas mesas por las tardes. Aquella tropa de canallas olfateaba fácilmente que el propietario del local era uno de los de su calaña, que la Estrella de Mar era para ellos la ansiada guarida de Alí Babá, donde beber su soledad, jugarse los cuartos que nunca se habían ganado o poner al día los trapicheos que mantenían a flote a la mayoría de ellos.
Por supuesto había reglas. Siempre ha de haberlas. Y siempre tiene que haber alguien que las imponga, normalmente, entre aquella clase de tipos, a la fuerza.
La primera: respetarás al patrón Tu Señor. Ése, aquí dentro, soy yo. Costó siete dientes y la futura fidelidad de su indeseable propietario el dejarla bien clara. Pero ésa es la clase de inversiones que merece la pena hacer: el resto fueron mucho más sencillas de meter en sus duras molleras.
La segunda: nada de peleas, ajustes de cuentas ni actividades ilegales en la Estrella de Mar. La Guardia Civil no era mi amiga y el cuartel me caía demasiado cerca, así que no tenía ningunas ganas de encontrármelos husmeando en mis asuntos. Mis parroquianos tampoco eran devotos del Santo Tricornio ni mucho menos, con lo que un par de gritos bien dados en su momento dejaron zanjada la cuestión.
Y la tercera: no se fía. Si quieres cerveza, la pagas. Si quieres información… ya la pagarás. Y por supuesto, si necesitas un contacto determinado, un favor especial o algún servicio, digamos, poco convencional, has venido al lugar perfecto. Puedo conseguirlo prácticamente todo…, por el precio adecuado, naturalmente.
Porque ése es mi verdadero negocio. El que me gusta y el que disfruto. Y del que controlo más que nadie en mi mitad de España.
Por desgracia la mayor parte de la gente no ha nacido para entender. Así que para eso también hubo que establecer reglas: nada de putas, niños, ni asesinos a sueldo. Ése no es mi negocio. Conozco a quienes se encargan de eso, gente sucia incluso entre la escoria. Nunca me he mezclado con ellos, y me ofende que me confundan. Pese a lo que puedan pensar y a mi turbulento pasado, me establecí en Valencia para ser un hombre honrado. Respetable. Y sobre todo respetado.
Al principio costó un poco ablandar algunas entendederas bien duras, pero si haces las cosas como debes la voz se corre rápido en el mundillo. Hice y pedí favores, fortalecí viejas alianzas, y en menos de un año tenía controlado el tema. Hasta llegué a entenderme aceptablemente con la Guardia Civil, que me solían dejar en paz con mis asuntos. Gente inteligente, la Guardia Civil. Aunque ya he dicho que no eran santo de mi devoción, solían ir acertados, a su manera: si no hubiese sido por ellos, en aquella barriada (que a pesar de su nombre estaba abandonada de la mano de Dios) ya haría tiempo que sus habitantes se hubieran devorado entre ellos. Así que no me importó echarles un cable muy de vez en cuando, normalmente después de que alguno de aquellos angelitos se hubiese desmadrado de verdad. Pero no, Maurice, y antes de que me lo preguntes, nunca tuve el honor de coincidir con tu abuelo.
Como decía, en menos de un año tenía a la parroquia bien adoctrinada. Al fin, tras muchos años de reptar por las más negras de las cloacas, podría tener un poco de tranquilidad. Había asentado mi imperio, y sólo necesitaba continuar regándolo para hacerlo crecer.
¡Menuda estupidez!
* * *
El invierno quería empezar a pedirle paso al otoño. Había sido un otoño crudo para la provincia: tras las torrenciales lluvias que cayeron en Octubre, desmesuradas incluso para la habitual Gota Fría que la sacudía cada año, la presa del pantano de Tous que debía regular el caudal del Júcar prácticamente estalló, provocando una violenta riada en forma de tsunami que arrasó cauce abajo hasta el mar buena parte de la provincia valenciana. A la catástrofe natural vino a sumarse a los pocos días una temprana nevada, insólita en aquella tierra de clima habitualmente benigno.
El resto del país los olvidó rápidamente. Una marea de entusiasmo recorrió España cuando aquel Octubre del 82, gracias a un apoyo masivo en las urnas, el dúo González-Guerra pintó el Gobierno de España de rojo. ¿De rojo? Bueno, eso decían entonces. La gente en la calle estaba entusiasmada por el cambio. Es decir, en la calle del otro lado de la galaxia, claro: todo eso ocurría a varios millones de años-luz de Nazaret.
Cuando me levanté aquella mañana para abrir la Estrella de Mar no podía ni imaginar que yo, un hombre joven y con ambos ojos perfectamente sanos, iba a consagrar aquel día y para siempre una titánica reputación, y mucho menos que la iba a adquirir bajo el sobrenombre de El Tuerto.
A las seis, todavía en plena noche, había abierto el local y encendido la cafetera. Aquello era parte del ritual de cada mañana, aunque lo del café era lo de menos en la Estrella de Mar: mis parroquianos se desayunaban con palometa, una mezcla de agua y cazalla, los más flojos, y con barreja, cazalla con brandy, los que me iban de valientes. Como eres un señorito de morro fino, Maurice, y además nieto de Guardia Civil, me va a tocar explicarte que la cazalla es un anís muy seco, tremendamente popular sobre todo en los pueblos de Valencia. Fuerte. De los que haría crecer el pelo en el pecho hasta a un imberbe como tú.
Allí las mañanas eran lo que eran: flojas. El nivel de mis vecinos, por más alcohólicos que fueran, no les daba para desayunar todas las mañanas en el bar y luego volver a emborracharse por la tarde al salir del tajo. La mayoría prefería lo segundo. Así que las mañanas eran de periódico y cliente ocasional hasta eso de las diez o las once, cuando aparecían los mangantes que vivían del cuento a echar sus horas en el bar. Alguno almorzaba y todo, pero la mayoría solo pedía una cerveza que se arreglaban para que se les fuera calentando hasta el mediodía, y con eso se daban por cumplidos.
A esas alturas los conocía ya a todos por el nombre. Y por mucho más que ellos mismos ignoraban, claro. Al fin y al cabo, la información es mi negocio, ¿no?
Debían ser entre las once y las doce, creo recordar, porque apenas tenía dos o tres de aquellos atletas del levantamiento de vidrio sobre mesa fija en el local. Como siempre, la conversación se llevaba entre murmullos y reojos. La niebla del Ducados, la habitual en el local, apenas se había empezado a levantar. Yo vigilaba mis dominios apostado tras la barra, mi trono en aquella pequeña taifa, fumando Bisonte y pensando en mis cosas.
La puerta de la taberna se abrió vacilante. Afuera el sol brillaba inútil, sin calentar ni lo más mínimo, y dos espectros se recortaron por un momento al contraluz. Cuando pasaron adentro con gesto nervioso entendí por qué se me habían antojado así: los dos eran extremadamente delgados, de mejillas hundidas cargadas de los años que nunca cumplirían. Los tics nerviosos y la locura que mostraban en la mirada no dejaban lugar a dudas sobre su catadura: dos yonquis experimentados, sin duda de los nuevos vecinos del barrio, que habían salido a pasear el mono.
Los murmullos se apagaron poco a poco cuando quedó claro que uno de ellos llevaba un bate de béisbol en la mano. Estaba viejo y gastado, seguramente recogido a saber cuándo de algún estercolero, con demasiadas muescas en la madera de las que no dejan las pelotas propias de ese deporte. El nerviosismo con el que lo agitaba no contradecía su pericia con él para cuadrar las cuentas.
Recuerdo que me enfadé. No pude evitarlo, y seguramente por eso me debieron ver fruncir el ceño desde lejos. No me gustan los drogadictos. Por mí que cada cual se meta el veneno que le dé la gana, pero no en mi local. No en mi casa. Y aquellos dos apestaban a problemas antes ya de entrar. Y además llevaban el bate. Regla número dos: nada de violencia ni actividades ilegales en la Estrella de Mar.
Desgraciadamente el mono pensaba por ellos. Al verme fruncir el ceño se dirigieron hacia la barra.
– ¿Qué queréis? – les pregunté muy molesto.
– Pasta para un pico, jefe – graznó el del bate, agitando el arma delante de mí.
– Vamos pasaos de mono, tronco – apostilló el otro como si hiciera falta, dos ojos como tomates en el fondo de sendas cuevas hundidas.
– Aquí no hay nada para vosotros – les espeté fríamente. Ni por un momento me planteé que mi ganada reputación de hombre serio no hubiese llegado hasta ellos. O que no les importase un pimiento con lo desesperados que iban -. No quiero yonquis en mi bar. ¡Largo!
Mis parroquianos se habían convertido en estatuas de sal. Nadie respiraba allí ya. La incipiente niebla comenzó a escampar.
Cuando los vi dar vuelta a la barra y pasar detrás del mostrador comprendí mi error. Pero era mal momento para echarse atrás. Además, en pocos segundos los tenía encima, y el del bate lo usó para empujarme contra la pared. Su colega llevaba en la mano una jeringuilla algo ensangrentada que yo no había visto antes. Mierda. Eran de aquella ralea que usaban esa mierda que acababan de descubrir, el SIDA, como arma para intimidar. Y estaban muy, muy nerviosos.
Me mantuve firme, no había otra. Con aquella gentuza no cabía razonar, eran como perros: si me veían flaquear me atacarían de inmediato.
– Abre la caja y dame toda la pasta, jefe – ladró de nuevo el del bate. Ahora que se había acercado tanto a mi cara quedó claro que el aliento le olía a podrido de varias semanas ya. Estaba tan próximo que podía ver que el tono céreo de su piel era el de un cadáver. Ambos sujetos parecían cadáveres, muertos que aún no se habían percatado de que lo estaban.
El atracador me cruzó el bate sobre el cuello y apretando con ambas manos sobre él me empezó a asfixiar casi tanto como su halitosis. Pensaba hacerle saltar la barra de un empujón cuando su acompañante hizo aparecer su jeringuilla ensangrentada justo delante de mi ojo izquierdo. Los suyos eran verdadero fuego líquido. Un anticipo del Infierno, sin duda.
– ¿No me has oído, jefe? ¡Te he dicho que abras la caja! ¿O es que quiés ver lo que hace El Perla con tu ojo?
Regla número uno: respetarás al patrón Tu Señor.
Si lo hubiese pensado detenidamente, quizá habría tomado otra decisión. No lo sé. A lo mejor no, quién sabe. El caso es que no estaba para pensar: la indignación inicial se transformó en una furia cegadora que tomó control de mí, y durante unos minutos la bestia primitiva que alienta dentro de cada uno de nosotros fue más real que mi humanidad.
Recuerdo haberle echado mano con la derecha a la entrepierna al que me tenía inmovilizado con el bate. Era lo que me más a mano me venía, ¡qué se le va a hacer!, y apreté como si quisiera extraerle la última gota de su mosto a un racimo de uva bien maduro. Sin dejar de apretar empujé para apartarlo de mí y su aullido resonó en todo el local. Intentando defender la zona castigada, el yonqui se apartó un paso y el bate de beisbol que había sostenido cayó al suelo.
Desgraciadamente no pude celebrarlo como es debido.

Un dolor cruel y punzante acompañó a un intenso fogonazo en el mismo centro de mi ojo izquierdo: temblando de puro acojono, el canalla del Perla me había clavado su repugnante aguja en medio del globo ocular, haciéndomelo estallar, aunque eso yo no lo sabría hasta más tarde. En mi furia y desesperación solamente recuerdo que solté al cantamañanas del primero y me abalancé sobre el segundo con el instinto del lobo. Le agarré la cabeza y tirando de ella me lo acerqué y tirándome a fondo mordí su escuálido cuello. Tensé la mandíbula y arranqué, buscando solamente desgarrar y destrozar.
Ni siquiera me había dado cuenta de que la jeringuilla todavía colgaba clavada de mi ojo.
Cuando aparté a aquella sabandija de mí, un enorme chorro de sangre me saludó empapándome la cara como solo una arteria carótida arrancada puede hacer. Por el rabillo del único ojo que me quedaba intuí un nuevo y grave problema, así que solté al Perla para que se desangrase a su ritmo y me volví al primero de mis atacantes.
Aquel facineroso se había repuesto de sus dolores mucho más deprisa de lo que cabía esperar. La abstinencia es poderosa, sin duda. Su incapacitación apenas había durado unos segundos y el muy mamón seguía en pie. Estaba un paso más allá de mi alcance, apoyado de espaldas a la barra, y le vi echar mano atrás a la espalda.
No tuve tiempo de más. Alargué la mano y por pura suerte acerté a coger la jarra de cristal que había estado llenando de cerveza unos minutos antes. Pero llegué tarde. Un estampido resonó en el local y sentí cómo un crujido ardiente me atravesaba la rodilla derecha. Antes de caer aseguré mi peso sobre la otra pierna y barrí con mi brazo, empujado con toda el alma. La pesada jarra de cristal alemana, junto con el litro de cerveza que contenía, se incrustó en la sien de mi asaltante con un crujido ejemplar. Me apoyé en el tirador de cerveza para no caer. Oleadas de dolor desde mi ojo perdido y la rodilla que auguraba el mismo camino se estrellaban contra mi conciencia. Desde el fondo de una bruma rojiza vi como el último llegaba al mugriento suelo de la taberna con los ojos vidriosos. La sangre que manaba de uno de sus oídos se mezcló con el chorro pulsátil del primer cadáver, que empezaba a perder fuerza ya.
Uno de mis parroquianos se atrevió por fin a salir de su inmovilidad y se me acercó. Creo que era El Picapiedra. Sí, sin duda, era él. Cuando vio lo que había al otro lado de la barra puso los ojos en blanco y se desmayó, cayendo todo lo largo que era y derribando dos taburetes. Tuvo que venir Perico el Santo a socorrerme. El bueno de Perico, que en paz descanse. Me apoyé en su hombro para salir de allí y sentarme en una silla. El más absoluto de los horrores destilaba de sus pupilas al mirarme, y con una mano temblorosa apenas osó señalarme el ojo izquierdo pero le entendí. Con cuidado, porque dolía más que la Muerte, me saqué la jeringuilla y me cubrí la herida con un trapo de cocina. Algo intentaba rezumar desde ahí sobre mi mejilla.
– ¡Acércame aquel otro, que me vende la pierna! – le grité. Con el segundo paño me vendé la rodilla lo mejor que pude -. De aquí no se mueve nadie hasta que yo lo diga – gruñí -. Despierta a ése que hay que arreglar esto, no sea que alguien haya oído el tiro y tengamos aquí a la Guardia Civil en menos que canta un gallo.
* * *
Chapamos el bar ese día. Perico el Santo tenía buena mano para las curas y me echó un cable con la rodilla. El Picapiedra demostró que la mejor de sus habilidades parecía ser echar la papa sin parar. La rodilla no sangraba pero me la había destrozado. Ni hablar de apoyarla. Entre los dos entablillamos la pierna lo mejor que pudimos y me agencié un tablón para usarlo de muleta.
Ninguno me dijo de llevarme al médico. Lo tenían claro. No me gustan los médicos, ya lo sabes, Maurice. Una banda de presuntuosos que consiguen arreglar algo las pocas veces que la Naturaleza les deja, si no nada. No me pongas esa cara, que eso también lo sabías ya.
Me agarré a la botella de Terry como si fuera mi mejor amante y cuando conseguí despacharla pareció que el dolor remitía algo. Visto lo inútil del Picapiedra lo largué a su casa, no sin antes echarle media mirada de advertencia, que con lo que temblaba no hacía falta. Con la ayuda de Perico el Santo metí a aquellas dos piltrafas en la cocina, y el resto de la tarde la pasamos limpiando la sangre.
Me planteé muy seriamente incluir aquella semana estofado en el menú. Pero aquellos tipos me daban mala espina. Igual eso del SIDA al final sí que era algo, yo qué sé. Así que cuando Perico se marchó para descansar una horita me senté en la cocina con ellos, el tajo y mi hachuela. Para cuando volvió ya los tenía bien repartiditos en bolsas de basura con un par de piedras en cada una, y las pudimos cargar en el SEAT cochambroso con el que me vino a recoger.
Sin hablar condujo por las callejuelas aprovechando que era noche cerrada. Iba despacio porque no se aclaraba mucho con aquel cacharro que a saber de dónde lo había sacado y no queríamos que nos parara la Guardia Civil. Yo había cambiado la botella de Terry por otra llena y continué dándole tientos hasta que llegamos donde tenía la barca. No me lo preguntes, ya iba medio borracho y no me acuerdo. Allí, en medio de la noche, pasamos el sangriento alijo del ruinoso automóvil a un cascarón que no andaba mucho mejor de forma. Yo le ayudé lo mejor que pude, que no era mucho, y me quedé en el coche mientras aquél zarpaba mar adentro a fondear mi carga. Cuando me desperté ya estábamos los dos de vuelta a la puerta de la Estrella de Mar.
* * *
En aquel barrio todo se sabía sin hacer preguntas. No abrí el bar de nuevo hasta una semana después, cuando ya me había agenciado un buen parche para tapar el ojo perdido, una muleta en condiciones y sobre todo cuando por fin me pude tener en pie sin necesidad de emborracharme hasta las trancas. Nadie preguntó nada. Sabían bien lo que les convenía, o incluso la verdad, a saber. Las noticias corren rápido en este inframundo.
Desde el principio todo el rebaño de mis parroquianos colaboró. Yo, cargado con mi muleta, dejaba las comandas en la barra y cada cual venía a recogerse la suya. Me gustó esa costumbre y así la mantuve. Y aunque nadie mentó jamás aquel episodio, en los ojos de todos y cada uno de ellos pude ver un renovado respeto… y quizá algo más.
Nadie echó de menos a los yonquis, o al menos nadie vino a preguntar. Ni la Guardia Civil. A nadie interesaban aquellos despojos humanos. Pero decidí tomar las precauciones debidas para que aquello no se volviese a repetir: me agencié un buen trabuco – una escopeta de caza con los cañones convenientemente recortados – y una Beretta de 9mm y los aposté, como en los viejos western, bajo el mostrador del bar. Y allí han estado juntando polvo desde el día que los trajeron: jamás los he tenido ni que enseñar. Con los años me convencí de que aquel día me había investido de un arma que para aquellos desheredados iba a resultar en adelante muchísimo más temible.
Mi reputación.
Agosto 2014